sábado, 27 de agosto de 2011

"DESVARÍO"


No es una imagen de antaño
la que baja la llanura.
Reboza mucha frescura,
con su capa azul cobalto.
Con imagen muy difusa
que acrecienta su grandeza,
y con gestos de realeza,
asume la vida ilusa.
A su destino buscaba
en un desierto sin nombre,
que los dones de ser hombre
con mucha niebla tapaba.
Con la luz de su esperanza
en un largo recorrido,
se detuvo en lo vivido
y descansó en la añoranza.
Los recuerdos aflorados
como los almendros en flor,
ya no eran causa de dolor;
sí, primorosos bordados.
Al corcel de su locura
le puso brida dorada,
y retornó a la cordura
de sus sienes plateadas.

martes, 23 de agosto de 2011

LA MAR


Sedienta estaba la mar,
con sus olas tan inmensas
y sus ganas tan intensas,
de recuperar la pleamar.
La tempestad no rugía,
los vientos ya se pararon.
Las ilusiones volaron,
cesaba la gran porfía.
Muchos cantos de sirena,
a sus oídos llegaron.
En reliquias se tornaron,
al llegar la paz serena.
El icono idolatrado,
con realidad es bajado.
Ya nunca será adorado,
el tiempo lo ha denostado.
De sus aguas impetuosas,
antes de color muy claro.
Se guarda como el avaro,
el porqué de tantas cosas.
Nadie lo puede predecir,
lo que la vida depara.
Es la vida como vara,
quien se atreve a medir.
Se enfadó con el destino,
por sentirse como un juego.
Reconociéndolo luego,
que todos tienen su sino.
Y no puede saber la mar,
que le espera en su destino.
Si fomenta con su sino,
las causas de su hondo pesar.

jueves, 18 de agosto de 2011

El sueño de Ancor


Había pasado una noche terrible. Se despertó sobresaltado a consecuencia del sueño que había tenido. No entendía nada de lo sucedido, ni tampoco el significado de lo soñado. Por su condición de Achimencey (noble), pensó que lo mejor era contárselo a su padre.

Ancor era el segundo hijo varón del Mencey Sunta, que gobernaba el menceyato de Adeje. Tanto sus hijos como su tribu le respetaban y veneraban, pues le consideraban un hombre muy versado y de gran experiencia.

Mientras Ancor narraba a su padre lo acaecido en su sueño, le observaba profundamente en todas sus reacciones. No pudo discernir nada de lo que pensaba, sólo pudo notar cierto matiz de preocupación en sus ojos. Cuando puso el punto y final a su narración, su padre ya había decidido lo que tenía que hacer.

El Mencey Sunta no tardó nada en ponerse en contacto con el Guadameñe (sumo sacerdote), y transmitirle lo que le había contado su segundo hijo Ancor. Pidió al sumo sacerdote que convocase a los mayores en el Tagoror (lugar de reunión), pues todos debían de conocer lo acontecido en el sueño. Los miembros de la asamblea, según iban enterándose de los pormenores que les relataba el Guadameñe, todos sin excepción, se les iba poniendo un rictus de amargura en sus rostros. A la hora de buscar una solución sobre el problema acaecido, no hubo ninguna discrepancia, todos lo tenían muy claro. Por unanimidad la posible solución se había buscado.

Como parte muy importante del problema, para encontrar una respuesta, Ancor fue enviado a la montaña sagrada de Achamán, el lugar sagrado de la tribu. Al llegar a lo más alto de la montaña, en la plataforma orientada hacia el mar, doblegó su condición de Amazigh (hombre libre) y rogó a su Dios que lo iluminase. Cuando levantó su cabeza y miró fijamente hacia el mar, pudo entender con claridad su sueño:

“Dentro de unos pájaros grandes de blancas alas vendrán a la isla, por el mar, otra gente que se habrán de enseñorear de ella...”

N.A.

Achimencey (noble)

Mencey (rey)

Menceyato (territorio)

Guadameñe (sumo sacerdote)

Tagoror (recinto circular de piedra, lugar de reunión)

Amazigh (hombre libre)

Achamán (Dios)

lunes, 15 de agosto de 2011

El sueño


" El sueño"

Una vez, tuve un sueño...
¡ Un sueño muy bonito !
Pudo haber sido grande,
pero se quedó chiquito.
Llegó como flor de primavera,
como rosa principesca.
Y encendió como la yesca,
hasta la más yerma quimera.
En el puño muy cerrado,
lo guardé celosamente.
Ni tan siquiera la mente,
podía abrir el candado.
Quise que conociera a la luna,
amiga del alma mía.
Y lo arropé, para la noche fría,
con la estrella que brilla como ninguna.
En mi alma de cruzado,
lo abotoné con ternura.
Era un sueño de locura,
dejando el día a día de lado.
Viviendo en las entretelas
de pliegues de seda pura,
pasé una y más amargura
y sufrir el duermevela.
Al abrir el puño un día,
el sueño, ya no estaba.
Se me quedó la sangre helada
y empezó la terrible agonía.
Mi sueño, ya no era mío,
se me había evaporado.
Lo vi en otro tejado,
y no tenía el semblante sentío.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Don Dimas


Don Dimas era un hombre muy educado. De gran cultura, correcto en el trato, esmerada educación, y muy amable con todo el mundo. Nadie podía decir que lo había visto alguna vez, con malas maneras ni soltando ningún exabrupto.

Últimamente, Don Dimas no era muy dichoso con su comportamiento. No entendía lo que le estaba ocurriendo desde hacía unos meses. Su proceder y forma de comportarse, no eran propios de la educación que había recibido y de lo orgulloso que se sentía por ello.

Lo curioso de la situación, es que mentalmente seguía pensando correctamente como antes. Aparentemente continuaba siendo el mismo, pero no había manera de controlar los gestos de su cara, ni gobernar sus brazos y piernas que no le obedecían. Lo que más le molestaba de la nueva situación, era oír cómo le tachaban de loco agresivo y persona nociva cuando pasaban por su lado.

No le iban a creer y por tanto se ahorraba el dar explicaciones de lo que le sucedía, del por qué al cruzarse en la calle con gente conocida, utilizaba profusamente contra ellos un lenguaje soez, gestos obscenos y violencia física. Todas las cosas que había repudiado y odiado en su vida las soportaba estoicamente horrorizado y muy avergonzado, pero no las podía evitar.

Pasado algún tiempo, vagaba en soledad por las calles, sufriendo y rumiando su desgracia que nadie comprendía. Al mediodía, con un sol de justicia y por el medio de la calle, deambulaba sin rumbo fijo. Instintivamente se paró en seco en mitad de la vía, observó detenidamente la sombra de su propia silueta que se reflejaba en el suelo. Se quedó anonadado. No era su sombra, él nunca había utilizado un sombrero de Panamá.


jueves, 4 de agosto de 2011

El templario




Prisionero de sus dudas
el templario cavilaba,
y al infinito miraba
con mirada de gran
Buda.
Ojos de gran esperanza
en su cara relucían,
y sus pestañas cubrían
las penas de su semblanza.
......
Pertrechado con sus galas
y de bandera la razón,
se fue al campo del corazón
para cortarles las alas.
La lucha fue muy desigual
al llegar los sentimientos,
ya lo decían los vientos
porqué no tenía rival.
......
Una brisa de cordura
suavizaba la sinrazón.
No luches con el corazón
y contemplalo
con dulzura.
Son guerras como perdidas
que la razón no comprende,
son como cosas de duendes
que las hacen muy sentidas.